Cuento: La pequeña Lucía
Érase una vez, una familia muy unida que vivía en una ciudad
andaluza muy bonita llamada Granada. Jaime y María eran los padres de Lucía,
una niña de seis años , la cual era muy buena y muy lista, pero a la vez muy
inquieta, ya que le gusta ser curiosa con todo lo que le rodea, aunque ella se
siente segura porque siempre está acompañada por Ma guiee, una perra de color
negra y ojos marrones que formaba parte de esta familia. Siempre acompañaba a Lucía a
todas partes, ya que sentía que tenía la responsabilidad de cuidarla.
Llegaron las vacaciones y como todos los años, decidieron
irse al apartamento de la playa. Una vez instalados, bajaron a la piscina para poder
darse un chapuzón. Lucía tenía muchas ganas de aprender a nadar. Con la ayuda
de sus padres, ella movía sus brazos y piernas para poder conseguirlo.
-
Ya llevamos mucho rato, Lucía; esta tarde
volvemos a bajar y lo seguimos intentando, dijo María
-
¿Ya? ¡Qué pronto, mamá! ¡así nunca voy a saber
nadar! ¡Entonces sigo yo sola! gritó Lucía
-
Nadar siempre se aprende poco a poco y con la
ayuda de los adultos, porque si lo haces tú sola te puede pasar algo malo,
incluso ahogarte. Jamás te metas en el agua si papá o yo no estamos delante,
¿me has entendido?
-
Sí, mamá respondió Lucía con voz apagada
Una vez que
almorzaron, dedicaron un rato a descansar. Lucía aprovechó la oportunidad de
salir sin que sus padres se dieran cuenta y bajó hasta la piscina.
-
Voy a demostrarles a mis papás que aprendo a
nadar rápido.
Lucía se quitó el vestido y se acercó al borde de la piscina
para tocar el agua. Se agachó, y a la hora de incorporarse perdió el equilibrio
y cayó al agua. ¡ Plafff !
-
¡ Socorro! ¡socorro! ¡ que alguien me ayude !
De repente apareció por la puerta su perrita Maguiee y de un
gran salto se tiró al agua.
¡Iba a rescatarla! Lucía se agarró a ella y la llevó hasta
la escalera. Jaime y María bajaron corriendo las escaleras al oir los gritos de
su hija.
¡Te dije que no te acercaras a la piscina! Gritó María muy
asustada.
-
Lo siento, mamá, he comprendido que siempre hay
que hacerle caso a los adultos, y que a veces las cosas se aprenden poco a
poco.
Lucía se dio cuenta de que lo había hecho mal, y pidió
perdón a sus papás, y dio las gracias a su gran perrita Maguiee, ya que gracias
a ella no corrió peligro.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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